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Mercado de Futuros y Seguridad Alimentaria
por David Brunet
Cada vez más a menudo escuchamos en nuestro entorno cotidiano la utilización del término Globalización referido mayoritaria, aunque no exclusivamente, a aspectos económicos. En ese sentido este término hace referencia a la creciente interrelación de las economías del mundo, auspiciada por los avances tecnológicos en el campo de las telecomunicaciones.
Si bien es cierto que dicha interrelación es relativamente reciente en cuanto a transacciones de activos financieros se refiere, y a pesar de que el volumen económico que éstos representan supone un porcentaje acaparador del monto total del comercio internacional, no es menos cierto que, en cuanto a mercados de materias primas se refiere, la economía mundial lleva ya muchos años globalizada.
Esto es así como consecuencia de la creación, desde mediados del siglo pasado, de los mercados de futuros (en el sentido moderno) como instrumento para el intercambio comercial de materias primeras.
Los mercados de futuros son plazas donde se negocian contratos de futuro que, a su vez, son acuerdos para comprar o vender un activo en una fecha futura establecida a un precio determinado.
Varias materias primas se iniciaron en la negociación a futuro en los mercados libres parar terminar implantándose en mercados organizados (Exchange o Bolsa) cuando aumentó la demanda de cobertura de riesgos por efectos complementarios a los de una volatibilidad elevada de precios.
La idea originaria de creación de mercados de futuros de materias primas respondía a una voluntad recíproca de ofertantes (principalmente agricultores) y demandantes (mayoritariamente comerciantes) para establecer unos precios exentos de riesgos, de lo que se deduce que era un instrumento intrínsicamente eficiente, y a pesar de las desviaciones a su finalidad que sufrieron desde un principio.
Estos mercados se asientan, especialmente, en materias primas que tienen unas características específicas como son una alta volatibilidad en el precio (debido principalmente a las variaciones climáticas y su impacto sobre la oferta), la homogeneidad de la materia (para que pueda ser contratado con unas características bien definidas) y la existencia de una estructura de mercado competitiva en la materia prima agraria (es decir, requiere un gran número de productores, consumidores y operadores, lo que conllevará un volumen importante de negociación para soportar el mercado de futuros).
El problema con los mercados de futuros de materias primeras, no obstante, ha surgido a raíz de la creciente extensión que han experimentado desde su creación a la actualidad (en 1960 ya representaban una negociación a nivel mundial que superaba los 50 millones de contratos) y, sobre todo, porque ese incremento ha venido acompañado, ya desde el principio, de una división internacional en cuanto a seguridad alimentaria se refiere.
Esto es así porque, a pesar de que una parte muy importante de la producción de materias primeras a nivel mundial se da en los países de la periferia, las negociaciones sobre los precios de la producción agropecuaria y otras materias se encuentra, casi en exclusividad, en los países del centro (por ejemplo, el Chicago Board of Trade o el Chicago Mercantil Exchange son exponentes de la que es, sin duda, la plaza comercial mayor del mundo).
La Chicago Board of Trade es la Bolsa de Comercio Mundial existente más importante. Su objetivo fundacional era crear un lugar donde se facilitaran los intercambios comerciales, que uniformizara las prácticas en el comercio, y que promocionara estas prácticas entre la colectividad de comerciantes. Para ello se dotaba de una normativa sobre conflictos en los tratos comerciales y, lo que es muy importante, se procuraba una información económica privilegiada para los comerciantes.
Así, mientras los países de la periferia se dedican a producir productos como soja, trigo o plata es el Chicago Board of Trade el que marca los precios a través de sus corredores que, disponiendo de información privilegiada, se dedican muchas veces a especular, tomando posiciones en el mercado, lo que supone una apuesta bien de que el precio irá al alza o bien de que irá a la baja.
Esto tiene, por lo menos, dos consecuencias importantes a nivel de economía internacional.
En primer lugar, especular con materias primeras es algo muy peligroso porque de ello depende la seguridad alimentaria a nivel mundial ya que la especulación puede ir en contra de la propia ideosincracia de los mercados de futuros, desestabilizando aún más los precios y haciendo que esa volatibilidad arruine a miles de campesinos que no van a poder procurar cosechas futuras. Pero también porque si las economías nacionales de la periferia tienen una dependencia tan fuerte de las materias primas (en gran medida a consecuencia de los procesos de colonialismo de los países del centro), esas fluctuaciones de precios desestabilizan las economías de estos países y recrudecen el otro gran problema de la economía internacional: la deuda externa.
El tema de la seguridad alimentaria es un tema muy importante. Seguridad alimentaria significa esencialmente, y según la FAO, que todas las personas tengan en todo momento acceso a alimentos sanos y nutritivos para mantener una vida sana y activa. Esta definición contiene tres dimensiones de la seguridad alimentaria, como son la disponibilidad, el acceso y la estabilidad en los diversos niveles de la colectividad (mundial, nacional, familiar e individual).
En este sentido, la integración económica comporta una dificultad para que los mercados nacionales se aíslen de las decisiones y acciones de otros. Y con ello se compromete la seguridad alimentaria mundial que pasa a depender de los centros de poder económico, y que en el caso de las materias primas agrícolas son los mercados de futuros, con Chicago a la cabeza.
Más aún cuando con posterioridad a la última ronda de negociaciones del GATT (Ronda Uruguay), y antes de convertirse en la Organización Mundial del Comercio, se llegó a una liberalización casi total, al menos sobre el papel, de las materias primas agrarias.
Lo que esa liberalización ha comportado y sigue comportando, aunado a la agobiante deuda externa ocasionada a raíz de la crisis petrolífera de principios de los setenta, es que los países de la periferia se vean condenados a vender materias primarias a los países del centro mientras esos productos son exportados, mayoritariamente, por grandes consorcios con importantes vinculaciones internacionales, que disponen de las relaciones necesarias en los mercados internacionales para colocar los productos en unas condiciones ventajosas para ellos (control de precios). En la práctica, estos grandes consorcios, normalmente transnacionales, disponen de un monopolio efectivo de la demanda de materias primeras.
Pero es que además, la ventaja comparativa como consecuencia de los bajos precios que poseen los países productores de materias primas, se desvanece cuando, a pesar de los acuerdos internacionales suscritos (GATT, acuerdos de la OMC, acuerdos de protección de precios, etc.), las materias primas de los países del centro son subvencionadas (eso sí, de forma encubierta), produciéndose de esta manera una clara situación de dumping comercial.
La Unión Europea, por ejemplo, llega a subvencionar hasta un 20% del precio final del producto agrario a través de la PAC (política agraria común) e incluso subvenciona la destrucción de cosechas para mantener un control sobre la oferta y conseguir que los precios se mantengan elevados, pero en detrimento de la seguridad alimentaria mundial ya que se reduce la producción mundial en vez de aumentarse, como sería lógico a consecuencia del incremento anual de unos 100 millones de personas y, sobre todo, porque según cifras de la FAO existen unos 800 millones de personas en extrema pobreza a nivel mundial (extrema pobreza que significa desnutrición crónica).
Los incrementos de los precios de algunas materias agrarias que se dieron a principios de verano de 1996 (cuando el precio del trigo y el maíz doblaron los precios del año anterior) son un ejemplo de que la demanda no se satisface a nivel mundial.
Esa demanda insatisfecha se intenta cubrir de dos formas diferentes. En primer lugar con los estocs de reserva que se encuentran, principalmente, en los países del centro. Y en segundo lugar a través de la sobreexplotación de los recursos naturales planetarios (caladeros marinos, tierras y agua).
A pesar de lo expuesto y aún teniendo en cuenta que la seguridad alimentaria es un tema central pues de ella depende la necesidad más básica de la humanidad, no parece que haya un replanteamiento ni política mundial que se proponga abordar el tema de forma decidida.
Las políticas de ajuste estructural impuestas por el FMI y el Banco Mundial a la mayoría de los países de la periferia con la finalidad de liberalizar la economía y superar el problema de la deuda externa no sólo no han solucionado el problema para el que fueron pensadas sino que han tenido distintas repercusiones sobre la seguridad alimentaria de dichos países.
La FAO apunta por lo menos tres: en primer lugar, las políticas se centran en la eficiencia económica y la prudencia fiscal, lo que implica una preferencia por las intervenciones orientadas hacia determinados objetivos que no causan perturbaciones, en oposición a medidas que afectan a toda la economía y alteran los precios; las políticas reducen la intervención del sector público en la producción, el almacenamiento y la distribución de alimentos (por ejemplo, organismos paraestatales y otros canales de distribución estatales) y potencian el papel de los mercados y de las ONG en la ejecución de medidas de seguridad alimentaria; y el papel sustitutivo del Estado (principalmente para estimular las inversiones públicas) se concentra en las actividades que ofrecen más posibilidades de promover el crecimiento general.
Tampoco la Revolución Verde ha tenido los efectos esperados. Si bien en un principio se pensó como solución a la problemática de la falta de alimentos, lo cierto es que la Revolución Verde provocó una desestabilización de precios debido al aumento de la producción pero, sobre todo, lo que provocó fue un agotamiento de los recursos naturales debido a un consumo excesivo de los nutrientes del subsuelo y una dependencia de los agricultores respecto a los insumos químicos para substituir ese agotamiento.
En la actualidad, los avances en la biotecnología o ingenieria genética son una apuesta más por garantizar esa seguridad alimentaria, no sólo en cantidad sino también en calidad nutritiva. Hay, sin embargo, muchos detractores de ella, entre otros motivos, porque no hay suficiente investigación para garantizar que las consecuencias de las manipulaciones genéticas no tengan efectos sobre la salud y también porque la manipulación genética también comporta dependencia de los agricultores para con las transnacionales agroalimentarias (que controlan la producción de semillas genéticamente manipuladas y otros insumos necesarios para su eficaz mantenimiento).
Lo cierto --y más allá de la responsabilidad de la preocupante situación actual por parte de los mercados de futuros, los organismos económicos internacionales, las transnacionales u otros factores-- es que la cotidianidad mundial se encuentra en estos momentos en una disminución de la producción agrícola y forestal, en una explotación excesiva del suelo, en una degradación ambiental, una disminución de la producción de alimento, una producción para la exportación, la expulsión de los campesinos de sus tierras, la ocupación de tierras marginales, el hambre y un empobrecimiento de las generaciones futuras.
Frente a esto, y en contraposición a las tendencias actuales de la política económica internacional, cada vez son más los economistas que alzan la voz para plantear que el modelo de desarrollo económico ha de variar de forma radical, que el poder político no puede continuar supeditado al poder económico y que no se puede continuar operando en los mercados de futuros al margen y por encima de las estructuras estatales.
Para ello se propone un modelo económico que garantice no sólo la seguridad alimentaria de las generaciones actuales sino también el de las generaciones futuras. Este modelo ha venido a denominarse modelo de desarrollo económico sostenible.
Un desarrollo económico sostenible se basaría, y siguiendo a Ana de Felipe en su libro Guía de Solidaridad publicado en 1995, en cuatro grandes principios.
El primero sería el propio principio de sostenibilidad que significa la defensa de los recursos naturales y humanos , en contra de la superexplotación económica. En este sentido, cumbres como la Cumbre de Río parecen instrumentos adecuados, aunque luego hay que cumplir lo suscrito.
El segundo sería el principio de desarrollo endógeno que se basa en la participación directa de los beneficiarios y donde la cooperación exterior constituye un estímulo al mismo. En este sentido, se ha de supeditar el poder económico al poder político y no al contrario, como ocurre en la actualidad.
En tercer lugar, el principio de equilibrio que cuestiona la existencia de un intercambio desigual entre los países del centro y de la periferia. Porque de ello depende que los países de la periferia sean cada vez más pobres y los del centro cada vez más ricos. Y ello no es sólo importante para los países perjudicados sino también para la estabilidad mundial.
Y por último, el principio de globalidad que acompaña las acciones de cooperación, de reflexión y de cuestionamiento del desarrollo del centro con acciones de sensibilización sobre la realidad de las relaciones centro-periferia y la interdependencia mundial. Porque todos somos corresponsables de la realidad actual.
Para concluir, insistir en que la seguridad alimentaria mundial es un tema central de nuestras vidas, que no puede dejarse que esta problemática se resuelva únicamente por la ley de la oferta y la demanda a través de mercados de futuros y que, en cualquier caso, hace falta recuperar el control de los poderes económicos por los poderes políticos ya que son estos últimos los legítimamente elegidos por los habitantes del planeta, en quienes repercute de manera directa la seguridad alimentaria.
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